Salir de la comodidad de un hogar para enfrentarse a la lluvia y al frio nunca es un paso fácil de dar… pero es un decisión que si no la encaras a tiempo puede convertirse en una bola gigante que cada día cuesta más sobrepasar. Sentado en el cálido salón del Hostel Backpackers de Bariloche miro por la ventana llover. Los árboles se alborotan con el aire y no queda muy claro hacia donde se dirige ese temido viento del que tanto dependen mis pedaladas. Juan, un chico argentino, toca la guitarra en uno de los sofás mientras un señor alemán mira el partido del Boca contra Tigre, un grupo de chicos israelitas cocina un plato típico de su país para cenar a base de cebolla, tomates, ajo, huevo…y Diego, un hombre argentino que leva tres semanas viviendo en el Hostel, pone música rockera de los 70. Al final los días en un hostel son como vivir en un hogar con una gran familia cambiante, apenas les conoces de nada, pero de un modo u otro les tienes cariño.
Me voy a la cama sin saber que haré finalmente al día siguiente, el tiempo está extraño y me asusta salir, pero por otro lado quedarme aqui en Bariloche puede que no sea la mejor solución ya que quizá el tiempo se mantenga asi por más de una semana, y economicamente no me vendría muy bien.
Me despierto temprano, no por voluntad propia, y me bajo a tomar un cafe al salón. El día está igual que ayer, quizá un poco mejor por el momento, pero por las tardes es cuando más se estropea el tiempo. El café me sienta bien, tomo una decisión, y me pongo a preparar las alforjas de la bicicleta.
Salir pedaleando de Bariloche a traves del vecino lago Gutierrez me muestra una cara diferente de la comercial ciudad por la que en un principio había caminado. Las casas de campo que atravieso parecen mantener el paisaje armónico, parece vivirse una vida de barrio en donde la gente se saluda al salir a comprar el pan. Paro en una pastelería con un olor irresistible, la dueña y artesana del dulce me ofrece a probar todo aquello por lo que le pregunto, no puedo comprarme todo porque no me cabe en la bicicleta pero no puedo resistirme a unos esquisitos alfajores de 300gr cada uno por lo menos.
El día está lluvioso pero no sopla el viento. A la derecha el lago Gutierrez se va quedando atrás y deja paso al lago Mascardi. Estoy agusto a pesar de las subidas y bajadas que forman el camino. De pronto llueve más, subo una cuesta prolongada que me hace sudar bajo el impermeable que parece no ser tan transpirable como decía en la etiqueta. Llueve. Al llegar a lo alto una bajada de 10km hasta el río Villegas me espera, apenas puedo abrir los ojos debido a las gotas de agua, pero me siento libre.
Mi idea inicial era llegar hasta Follel para dormir, pero una vez en el río Villegas me quedan 10km de subida para llegar, y estoy empapado, me queda una hora y media de luz escasa y además estoy agotado. Paralelo al río hay un caminito de ripio que lleva hasta la villa de Río Villegas, asi que me dirijo hacia alli para ver que encuentro para dormir.
Pregunto en un almacén de comida y ellos mismos me prestan un lugar en su parcela para poner la tienda de campaña. Escojo el árbol más frondoso que veo y allí debajo me planto. No se como explicar la sensación de introducirse en la tienda. Es un momento mágico en el que no importa que esté pasando fuera, es tu rincón, allá donde estés, enciendes tu frontal y allí están tus cosas que te hacen sentir bien. El saco de plumas, mi libro, un paquete de galletas…bajo el doble techo están todas las mochilas, es mi terraza particular, alli preparo una taza de leche caliente mientras me pongo calcetines secos. En los bolsillos de los lados guardo mi reloj, la cuerda que sujeta el aislante…ordeno todo como a mi me gusta tener en mi rincón, y mientras fuera está diluviando. El sonido de las gotas de agua contra el doble techo hacen más agradable estar dentro, somos un equipo y cada uno cumple su función. El agua esta caliente, añado la leche en polvo, meto los pies en el saco de plumas y disfruto de mi taza humeante mientras leo, bajo la luz de mi linterna.
Amanece diluviando. No me importa, sigo durmiendo.
A las 11:30 de la mañana parece que ha suavizado un poco la lluvia y salgo de la tienda. Voy al almacén a charlar un rato con Marcelo (Chelo) y veo el trajín de gente que entra y sale en esta apartada villa de la Patagonia. Mia y Juan no paran de corretear por todos lados, jugar con el perro, luego con el gato… Tienen 3 y 8 años y están ansiosos por salir a la calle, pero hoy llueve y no les dejan salir a mojarse.
Había decidido pasar el día en este lugar a la espera de que mañana apareciera un día un poco mas soleado, pero son las 13:00 y parece la lluvia se ha convertido en un calabobos que le dicen en mi pueblo, esa lluvia fina que parece que no moja pero que al cabo de un rato te das cuenta que estas empapado. A si que me pongo a recoger todo y parto hacia el Bolsón.
Allí he contactado con un chica que se llama Patricia a través de la ciber comunidad Warm Shower, un lugar donde se dan cita bicicleteros de todo el mundo para brindarse ayuda en sus aventuras. Es increible, cuando llego a El Bolson Patricia me dice que no esta en el pueblo, pero que tiene alojados a una pareja de italianos que pueden ir a buscarme para llegar hasta la casa, ella hoy no pasa por casa, pero mañana ya nos conoceremos me dice…nunca había sentido tan buena energía a través de un simple teléfono, estoy deseando conocer a esa gran persona con ese gran corazón. La pareja de italianos que conozco en su casa tienen una historia digna de contar, sus nombres son Melissa y Pierluigi y en un gran impulso por querer ser felices, evolucionan. Han vendido todo lo que era de su propiedad para invertirlo en su nueva casa (una tienda de campaña) y en sus nuevos medios de transporte (unas bicicletas). Aqui teneis su historia: http://www.theevolutionarychange.com/
Parece que la única forma de encontrar la felicidad es empezar a caminar.

Luis sale a buscar unos caballos que se le habian escapado hacia unos días. Charlamos juntos un rato a lo largo del arcén camino a El Bolsón.

Mi primer amanecer en medio de la cordillera de los Andes, sin más.
Termine de meter las cosas en la alforjas, elegí que lentes podría necesitar y comencé a pedalear hacia el norte de Santiago de Chile. Mi primera meta es Mendoza, segunda ciudad mas grande de Argentina y capital del vino.
Para llegar hasta aquí recorrí los más de 350km que separan a través de la cordillera de los Andes a Santiago de chile de esta ciudad. El recorrido fue todo una odisea por que el paso de los Andes (paso del Cristo Redentor o paso de los Libertadores) estaba en obras, por lo que el tráfico a cualquier vehículo estaba cortado por el dia de Chile a Argentina y por la noche al revés.

Hace años se podía tomar un tren en Argentina y cruzar lo Andes hasta Valparaiso en Chile. Hoy en día está completamente abandonado.
Algunas personas me asustaron diciendome que la entrada a Mendoza era peligrosa, que no fuera, que entrara haciendo autostop, que llamara a un chico que ellos conocían para que me fuera a buscar a las afueras… y la verdad que pase la noche anterior metido en la tienda un poco nervioso respecto a que hacer.. y al final dije, si no lo pruebo no se como sera. Iba todo el camino pensando que hacer, por donde ir, pararé? autostop? y al final en un cruce de caminos le pregunte a un señor que conducia un camion americano Ford de los años 70 que por donde ir, y me dijo, ve por ahi, todo recto, y llegarás al centro de Mendoza sin ningun problema, sin camiones y tranquilo. Asi que eso hice, comencé a pedalear entre los viñedos que rodean esta ciudad del vino. Es época de vendimia y el olor que hay en el ambiente se me hace muy agradable y familiar a cuando estuve viviendo en Socuéllamos, un pueblo mayormente vitivinícola de la gran Mancha Manchega. Los trabajadores me miraban, otros me saludaban y hasta un señor que andaba en bici se juntó a mi y me acompaño un rato indicandome por donde ir…en definitiva, ha sido una entrada a Mendoza increible! Las calles que te reciben en Mendoza están todas custodiadas por inmensos arboles que sombrean y refrescan los más de 30 grados que aun siguen haciendo en el final del verano. Me hospedo en el Hostel Mamajuana, donde me recibe Gustavo, no es el dueño del Hostel pero es un excelente anfitrión que me hace más agradable la llegada.



























