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La familia Parada. El Salvador.

Cruzo temeroso y a la vez expectante la frontera de Nicaragua con Honduras. Estos últimos días la gente me ha estado advirtiendo de los peligros que ofrece este país… y es que si ves la noticias que emite la televisión yo también llegaría a creerlo.

Con todo lujo de detalles macabros la gente trataba de disuadirme en mi idea de atravesar los países de Honduras, El Salvador y Guatemala con mi bicicleta, llegando en algún momento a replantearme si debía o no hacerlo.

Finalmente pedaleo mis primeros metros por este nuevo país atento a todo lo que sucede a mi alrededor, y aferrado a mi bicicleta avanzo camino por el arcén de la carretera. Una sonrisa, un saludo alegre, un grito de animo, otra sonrisa, un bocinazo acompañado de una mano saliendo por la ventanilla… todas las sensaciones que voy encontrando en el camino van haciendo relajar mi cuerpo. Estoy cruzando Honduras por el sur y tan solo 140 km después ya he alcanzado la frontera con El Salvador.

Carretera del Litoral en El Salvador

Carretera del Litoral en El Salvador

Me siento muy tranquilo recorriendo esta carretera que bordea la costa. La gente alegre a mi paso me saluda en inglés gritando un –jai gringo- (lo escribo con “jota” porque la pronunciación con la que me lo dicen se parece más al alemán que al inglés) y en ocasiones paro a compartir con ellos un rato. Hablamos en español, como es normal, pero al despedirnos me dicen… -Thank you, bye!- es algo muy curioso, no acaban de creer que mi lengua materna sea el español e igualmente al despedirse lo hacen en inglés como para agradarme despidiéndose en mi idioma con las pocas palabras que saben.

Elisabeth me invita a probar sus maravillosas pupusas de frijol con queso.

Elisabeth me invita a probar sus maravillosas pupusas de frijol con queso.

Keily Verenice es la hija de Elisabeth.

Keily Verenice es la hija de Elisabeth.

José realizó un viaje en bicicleta desde Montreal hasta su natal Salvador donde ahora vive con su familia.

José realizó un viaje en bicicleta desde Montreal hasta su natal Salvador donde ahora vive con su familia.

El sol poco a poco va escondiéndose en el horizonte mientras mis ojos van atentos a cualquier detalle que pueda ofrecerme un lugar tranquilo donde poder descansar. Estoy a menos de 10 km de la ciudad de Zacatecoluca, por donde no quiero verme pedaleando a estas horas tan avanzadas del día.

De pronto un “hola” lejano hace girar mi cabeza hacia la izquierda encontrándome unas sonrisas esplendidas que agitan el brazo a modo de saludo. Devuelvo la sonrisa y el saludo mientras los arboles cortan la mirada y regreso mi vista al frente. 3, 2, 1… y aprieto mi frenos a fondo para detener a Tatacoa y darme la vuelta. -Este va a ser un buen lugar- me digo.

–Hola! Digo desde lejos mientras apoyo mi bicicleta sobre mi palo de madera. Una de las mujeres se acerca despacio hacia mi mientras le explico tranquilamente que estoy buscando un sitio donde pasar la noche.

15 minutos después estoy sentado entre ellas con una taza de café en la mano. Me preguntan un montón de cosas sobre mi viaje y yo poco a poco les hablo de mi, de mis hermanos, de mis padres, de mi entorno… a cada rato que pasa vamos disfrutando más de la conversación y comienzan a bromear conmigo. –aquí somos todas solteras- me dice una –mira aquí esta mi prima de 18 y mi tía de 22- me dice mientras señala a las abuelas de la familia que superan ya los 85 años.

Poco a poco empiezan a llegar el resto de los miembros, y cuando me quiero dar cuenta somos más de 35 personas riendo y compartiendo historias.

Observo como cada persona que llega va a saludar a la abuela Amanda, ella esta sentada en un rincón, sin apenas hablar, pero su presencia genera una atracción maravillosa.

Con el paso de las horas cada uno se va retirando a las casas que rodean la casa principal. Dentro del mismo terreno cada familia perteneciente a la familia tiene su pequeño hogar. Finalmente me quedo con Amanda sentado en el porche.

Amanda posa con parte de su familia detrás en su casa.

Amanda posa con parte de su familia detrás en su casa.

Descubro con cada palabra que pronuncia un pasado lleno de crueles historias marcadas firmemente por la guerra civil. Una opresión por parte del gobierno hacia el pueblo que llevo a los campesinos a levantarse en armas formando la guerrilla. En esta guerra Amanda perdió a tres de sus hijos además de otros familiares. Me cuenta como un día tuvo que salir de su casa corriendo porque la “brigada de la muerte” venia hacia allí. Ella consiguió salvarse por azares del destino pero sus familiares, animales y todo lo que tenia latidos en aquel hogar fue brutalmente asesinado, su casa quemada.

Me narra gran cantidad de historias que parecen ser casadas del guión de una película, pero que en sus ojos, y en la rabia con las que las cuenta, veo la absoluta sinceridad de todas sus palabras. Historias que forman parte de cualquier guerra, historias que hacen pensar en que prioridades tenemos como humanos en la vida para vernos embaucados en situaciones tan atroces como estas.

Hoy Amanda es cuidada cariñosamente por sus más de 90 nietos y bisnietos, y por toda su familia, entre ellos, están las tres nietas hijas de aquellos hijos suyos asesinados aquella horrible noche.

Me encanta la energía que desprende, y disfruto mucho escuchándola hablar.

Los niños juegan juntos a la pelota, parece el patio de un colegio, entre los primos son unos 12 los que comparten su día a día. Por una noche me hacen formar parte de esta maravillosa historia del ahora, me hacen sentir como en casa, y por la mañana, cuando después de acabar el desayuno que tan amablemente me han servido, me da una pena increíble despedirme. Han sido muchas las despedidas que he tenido a lo largo del viaje, y a pesar de ello nunca me he acostumbrado a ellas, pero hoy siento que es algo especial. Salgo pedaleando con un nudo en la garganta, no quiero avanzar… pedaleo despacio para sentir que no me alejo de aquel lugar. En realidad no estoy triste, si no todo lo contrario, hoy sigo mi camino un poquito más feliz.

Centro América. Sin prisa pero sin pausa.

Miro un mapa, no del país donde me encuentro, si no un mapa del mundo. Comienzo a contar con los dedos los meses que puedo tardar hasta Alaska y me doy cuenta de que los días se me están echando encima si quiero disfrutar del camino y llegar antes del próximo invierno a este remoto país del norte. Comienzo por tanto a avanzar por la carretera panamericana rumbo al norte, sin desviarme del camino principal y así poder progresar lo más rápido posible.

Las lluvias forman parte de mi día a día, un sol intenso cada mañana me hace recibir con especial alegría las intensas lluvias de la tarde. Las primeras gotas caen frías sobre mi espalda caliente, y poco a poco comienzo a estar completamente empapado, y más fresquito. No trato de protegerme poniéndome ropa, y por lo contrario pedaleo en bañador y sandalias. Cuando estoy completamente mojado ya no me importa la lluvia, solo cuando su intensidad es demasiado fuerte como para poder abrir los ojos o ser vivible para los camiones que tan cerca me adelantan, me refugio bajo cualquier techo que encuentro en el camino.

Una parada de autobús es mi refugio mientras espero a que se calme un poco la intensa lluvia.

Una parada de autobús es mi refugio mientras espero a que se calme un poco la intensa lluvia.

Kenia y Venice me dejan un lugar donde pasar la noche y protejerme de la lluvia.

Kenia y Venice me dejan un lugar donde pasar la noche y protejerme de la lluvia.

Alex y Katy me regalan un fuet "casa Tarradellas" para el camino. La familia de Katy vive en Madrid y conversamos todo lo que echa de menos alli.

Alex y Katy me regalan un fuet “Casa Tarradellas” para el camino. La familia de Katy vive en Madrid y conversamos todo lo que echa de menos en mi ciudad.

Sin apenas darme cuenta he cruzado la frontera con Costa Rica y la gente ya no me saluda con un simple hola, aquí la gente te recibe diciendo -¡Pura Vida!- bosques verdes llenos de vida abrigan la carretera que poco a poco me va llevando hacia en norte. Los techos de zinc oxidado conjuntan perfectamente con los colores gastados de las casas, formando parte de la magia del paisaje. Manadas de guacamayos rojos sobrevuelan por encima de mi y grandes iguanas de intenso color verde corren asustadas hacia los bosques a mi paso por la carretera.

Un alto en el camino para comer algo.

Un alto en el camino para comer algo.

El cuerpo de bomberos de Ciudad Neily me brinda un lugar para descansar. yo les cocino tortilla.

El cuerpo de bomberos de Ciudad Neily me brinda un lugar para descansar. yo les cocino tortilla.

Cocodrilos

Los ríos de Costa Rica estan llenos de vida.

En esta parte del camino por las Américas todos los viajeros pasamos por la misma carretera. Asi conozco a Antonio y Amanda en un breve teimpo compartido en el arcen de la Panamericana.

En esta parte del camino por las Américas todos los viajeros pasamos por la misma carretera. Asi conozco a Antonio y Amanda en un breve teimpo compartido en el arcen de la Panamericana. Cyclingelmundo.com es su web.

Leo

Llego a casa de Leo por casualidad y empapado llamo a su puerta. Según me ve antes de saludarmevme dice… ¿necesitas un lugar donde dormir no?

Paro en el camino para descansar, y me recuerdo a mi mismo que esto que sucede es solo ahora.

Paro en el camino para descansar, y me recuerdo a mi mismo que esto que sucede es solo ahora.

Aquí los países son pequeños y en apenas una semana más me encuentro cruzando la frontera con Nicaragua. Me dirijo hacia la isla de Ometepe, donde aparcando a Tatacoa por unos días, recorreré sus bosques y volcanes.

Ballardo es natural de Ometepe, y desde hace muchos años trabaja como guía subiendo al Volcán Madera y Concepción.

Ballardo es natural de Ometepe, y desde hace muchos años trabaja como guía subiendo al Volcán Madera y Concepción.

Los atardeceres en la isla de Ometepe son parte de la magia.

Los atardeceres en la isla de Ometepe son parte de la magia.

La niebla no me acompañó a disfrutar de las vistas del volván Madera, en cambio sentí que había llegado al mismo paraiso.

La niebla no me acompañó a disfrutar de las vistas del volván Madera, en cambio sentí que había llegado al mismo paraiso.

VIDEOS:

Pinchando en los siguentes links puedes ver algunos pequeños videos de este post: El Canal de Panamá y mucha lluvia // Ometepe, volcán Concepción.

Horizonte Norte en Panamá.

Las estrellas brillan sobre mi cabeza. Las puntas de mis pies miran al cielo, mis ojos también, y el agua, que me mece suave, cubre mis orejas sumergidas en un silencio absoluto. Floto en la oscuridad del mar Caribe frente al barco que por estos días se convirtió en mi casa. Su pequeña luz en el mástil baila al mismo ritmo que yo, en silencio.

Saboreo este momento mágico queriéndolo guardar en mis retinas para siempre, una foto que tomo con el corazón y que me guardo para mi egoístamente. Mañana levaremos ancla para poner rumbo a Portobelo.

Antes de embarcarme en el Windquest rumbo a Panamá le había dejado un mensaje a mi amigo Álvaro diciendo que llegaría a Portobelo, que me esperara allí, que yo llegaría en un barco con bandera de Canadá llamado Windquest.

Ya es el segundo encuentro para seguir rodando el documental Horizonte Norte que llevamos a cabo juntos desde hace mucho tiempo en nuestras cabezas, pero que desde hace algo más de dos meses a comenzado a ser una realidad.

Duermo profundo en el camarote de proa tras una noche de guardia nocturna que me toco realizar hasta las 3 de la madrugada, de pronto una voz con acento francés me despierta diciendo…- Juan tu amigo de la cámara está fuera preguntando por ti- es Nico, uno de los franceses que viene a bordo.

Álvaro y David se han montado en un bote para salir a mi encuentro, no tienen claro si llegaré hoy, pero ven aparecer un velero en el horizonte. Photo: David Oliete.

Álvaro y David se han montado en un bote para salir a mi encuentro, no tienen claro si llegaré hoy, pero ven aparecer un velero en el horizonte. Photo: David Oliete.

No se donde estoy, ni que hora es, pero salgo en seguida a cubierta expectante. Alvaro y David están en un bote al lado del Windquest con la cámara en la mano. Un encuentro mágico que se produce a la entrada de la bahía de Portobelo, como no podía ser de otro modo la lucecita roja de su cámara luce brillante esperando mi encuentro, y como si los días no hubieran pasado volvemos a compartir unos días juntos. Sonrío y les doy los buenos días.

Los próximos días comparto con ellos la experiencia de viajar, de trabajar realizando lo que más nos gusta hacer, contar historias a través de las imágenes que el camino nos pone delante, perseguir la luz perfecta que en este país cambia a cada rato.

Álvaro se ha traido un juguetito nuevo a la grabación.

Álvaro se ha traido un juguetito nuevo a la grabación.

Mi aislante de dormir es perfecto para usar de reflector en las entrevistas. Mientras lo guardo Alvaro me muestra el magnifico audio grabado. Photo: David Oliete.

Mi aislante de dormir es perfecto para usar de reflector en las entrevistas. Mientras lo guardo Alvaro me muestra el magnifico audio grabado. Photo: David Oliete.

David pasea por la playa de isla de Perro al final del día. San Blas, Panamá.

David pasea por la playa de isla de Perro al final del día. San Blas, Panamá.

Siempre nos despertamos al amanecer, persiguiendo esa mágica luz que nos hace sentir vivos, y Alvaro siempre lleva colgando sus dos cámaras alli donde va.

Siempre nos despertamos al amanecer, persiguiendo esa mágica luz que nos hace sentir vivos, y Alvaro siempre lleva colgando sus dos cámaras alli donde va.

Alvaro en las islas de San Blas.

Alvaro en las islas de San Blas.

Mis vecinos de carpa esta noche son todo un lujo.

Mis vecinos de carpa esta noche son todo un lujo.

Son diez días que pasan muy deprisa, y cuando me quiero dar cuenta nos estamos despidiendo a las 5 de la madrugada en la ciudad de Panamá.

El próximo encuentro aun no lo sabemos con exactitud, pero eso no nos importa, la esencia de nuestra historia se encontrará siempre en el camino.

 

 

Mar Caribe, hacia un nuevo continente.

Histórica. Una puerta con el resto del mundo durante siglos que hoy conserva parte de su arquitectura colonial por sus estrechas calles empedradas. Balcones construidos en madera y fachadas de colores vivos que dan luz y alegría. En el interior de las casas los patios están custodiados por altas palmeras que sobresalen por encima de los tejados… la brisa del caribe, siempre presente, penetra en los gruesos muros que protegen la ciudadela y silva entre los cañones que se asoman hacia el mar.

Son todos los ingredientes para haberse convertido en un auténtico oasis turístico dentro de la costa caribeña de Colombia.

Existen dos “Cartagenas” más, que junto con ésta, la más conocida, conforman la totalidad de Cartagena de Indias en este siglo en el que vivimos. Todo un contraste de barrios, clases sociales y seguridad dentro de la misma ciudad.

Desde aquí solo tengo dos opciones para cruzar a Panamá, por mar o por aire. El estrecho de Darien corta las Américas en dos sin dejar posibilidad de cruzar sus espesas selvas por tierra. Decido viajar por mar, asi que me dirijo al puerto para encontrar un barco y navegar por el Caribe hasta la costa Panameña.

Después de tres días plantado delante del náutico hablando con todos los capitanes que voy encontrando en el camino, conozco a Glenn.

Glenn es nuestro capitán, y hoy prepara langostas para nosotros.

Glenn es nuestro capitán, y hoy prepara langostas para nosotros.

A sus cincuenta y muchos años de edad dejó su trabajo en Canada como doctor Otorrino para viajar a favor del viento. Compró su ultimo velero en Bocas del Toro, y desde hace algunos años es dueño del Windquest, un barco del año 74 con 14 metros de eslora. Su interés no reside en ganar dinero llevándome en su travesía, por lo que solo tengo que cubrir los gastos de permisos, gasoil y comida. Estoy a bordo del Windquest.

Un problema con algunos papeles hace que el zarpe se retrase una semana de lo previsto, y durante los siguientes días vivo con Glenn y Eva disfrutando de la vista de Cartagena desde el mar.

Eva es una joven Colombiana de isla Fuerte que se cruzó con Glenn cuando visitaba su isla. Su risa es contagiosa, su personalidad inquieta, y desde entonces viajan juntos.

Eva nació en isla fuerte, una pequeña isla en el norte de colombia.

Eva nació en isla fuerte, una pequeña isla en el norte de colombia.

Vivir en un barco, que bonita idea.

Vivir en un barco, que bonita idea.

A lo largo de los días, mientras íbamos y veníamos de coger agua para llenar los depósitos de nuestra casa flotante o elegíamos algo rico para cocinar en el supermercado, fuimos encontrando más viajeros que querían cruzar como yo hasta Panamá. Guiados por sus sonrisas aceptamos subirlos a bordo y disfrutar de su compañía durante la travesia.

Nico, Arthur, Alice, Manon, Ezequiel, Eva, Glenn y yo. Ya estamos listos, y zarpamos rumbo Panamá.

La solicitud de zarpe no es fácil conseguir y finalmente lo hacemos a las 14:00. El atardecer nos acompaña mientras aun seguimos dejando atrás la bahía de Cartagena. Estamos con ganas de navegar, el mar esta calmado, el cielo precioso, nuestras energías más positivas que nunca.

Terminar el día asi, no se olvida nunca.

Terminar el día asi, no se olvida nunca.

Las olas se van levantando poco a poco justo cuando salimos a mar abierto, el sol ya se ha escondido y los últimos rayos de luz se van despidiendo entre los primeros bandazos del barco.

Nico y Arthur son dos jóvenes franceses de 23 y 21 años respectivamente que vienen de un pequeño pueblo cercano a los Alpes. Viajan con una mochila enorme a sus espaldas recorriendo algunos lugares de Sudamérica. Viajaron en furgoneta por el norte de Chile, y ahora abandonan Colombia para viajar a Costa Rica.

Ezequiel es un argentino con corazón de oro que comenzó hace más de un año su viaje con mochila. A sus 28 años ya ha recorrido todos los rincones de Sudamérica financiándose gracias a su creatividad. Malabares, espectáculos de payaso, artesanía… no hay nada que le haga mirar atrás y continua avanzando en su viaje hacia Mexico. Desde Quito, Ecuador, cambio sus botas por los pedales y ahora viaja en una bicicleta construida por el mismo.

Manon y Alice tienen 23 años. Son dos chicas de la capital Francesa que poco tienen que ver el perfil parisino. Viajan por algunas semanas con sus mochilas a la espalda antes de regresar a sus estudios con la cabeza puesta en el siguiente viaje. Su buena energía es una maravillosa compañía a bordo.

Hoy el mar esta como un plato y nos toca encender el motor.

Hoy el mar esta como un plato y nos toca encender el motor.

Bueno pues el barco comenzaba a moverse os estaba contando… y siguió moviéndose. Sin darnos cuenta la noche estaba completamente negra, más negra que nunca, y el viento parecía esta enfadado con nosotros, o quizá solo quería saludarnos, pero las olas se levantaban chocando contra el Windquest fuertemente. Nos zarandeamos de un lado a otro mientras avanzamos lentamente en la oscuridad. De pronto Glenn me grita unas ordenes que no soy capaz de comprender a la primera, pero me hace el gesto con su brazo de que mueva la manivela que recoge la vela, asi que allí me lanzo, a darle vueltas con todas mis fuerzas a la manivela mientras Glenn suelta lentamente la cuerda que tensa la vela.

(Hablo en términos completamente caseros porque no tengo ni idea de los nombres técnicos, y asi lo entendemos todos)

Las olas me mojan entero mientras agarrándome con mi mano izquierda y haciendo fuerza con las rodillas puestas en uno de los asientos, recojo la vela que parece infinita. El viento la mueve en todas direcciones como queriéndola arrancar, me duele el hombro… pero sigo hasta el final. Miro a Glenn y me sonríe por mi buen trabajo, mientras una ola me lanza contra la rueda de timón.

Escuchar el sonido del barco romper contra el mar es una banda sonora que no quieres dejar de escuchar nunca.

Escuchar el sonido del barco romper contra el mar es una banda sonora que no quieres dejar de escuchar nunca.

Ezequiel y Nico no soportan más el mareo y agarrados como pueden a lo primero que pillan asoman sus cabezas por la borda. Alice, aun no se de que modo, prepara sándwich de aguacate en la cocina mientras el barco llegaba a más de 35 grados de inclinación con cada bandazo.

Las sonrisas de unas horas antes se convierten en concentración absoluta por sobrevivir al malestar y al sueño que poco a poco comienza a adueñarse de nosotros.

Una mágica luz que solo el mar puede ofrecer al amanecer, nos despierta con la calma de un mar suave. El olor a café invade el interior del barco y poco a poco nos vamos reuniendo todos en la cubierta. Los ojos cansados miran al horizonte entre reflexivos y somnolientos, Glenn sigue al timón con una taza de café recién hecho en la mano.

Arthur en la proa de Windquest.

Arthur en la proa de Windquest.

El día pasa tranquilo mientras navegamos hacia isla Fuerte, donde soltaremos ancla para disfrutar con la familia de Eva.

Nos acercamos a la costa esquivando los arrecifes que protegen la isla. Una lancha se acerca a nosotros para guiarnos hacia la costa. – ¡Mira es Eva!- grita un de ellos cuando la vé. Todos se conocen, la isla tiene escasos 2 kilometros de largo y ordenadamente se distribuyen las casas de las aproximadamente 2500 personas que habitan en ella. La familia de Eva nos recibe en su casa con un abundante almuerzo a base de pescado, patacones y arroz que devoramos gustosos tras haber recorrido la isla en busca del árbol que camina y la cueva del pirata Morgan.

Nico y yo vigilamos desde la proa el fondo mientras n os acercamos a la costa.

Nico y yo vigilamos desde la proa el fondo mientras n os acercamos a la costa.

Alzamos velas y volvemos a navegar. Esta vez ya hemos aprendido la lección y antes de llegar a mar abierto ya hemos dejado preparada una olla de arroz y otra de espaguetis para no pasar hambre por mucho que se mueva el barco.

El tiempo pasa lento, los dias pasan rápido.

El tiempo pasa lento, los dias pasan rápido.

Los días a bordo pasan despacio, y a la vez volando. Conversamos, leemos, nos tiramos cubos de agua por la cabeza, cocinamos, freímos a Glenn a preguntas sobre navegación…y de pronto se escucha en la cubierta – ¡¡Delfines!! ¡¡hay delfines!!- todos salimos a ver a nuestros visitantes que nadan a toda velocidad en la proa del Windquest. Saltan, se cruzan entre ellos, van de lado a lado, nos muestran su blanca panza… y de pronto saltan 6 a la vez frente a nosotros. Golpeamos el casco del barco para saludarlos, estamos extasiados y gritamos juntos entre risas y “ohh” que lanzamos al unisono. – that´s a good signal- grita Glenn desde la rueda de timón. Pasamos más de 40 minutos atravesando juntos el mar caribe, tras la excitación, nos sentamos con los pies colgando hacia el agua y tranquilos disfrutamos mirando danzar a nuestros amigos en el agua.

¡delfines! ¡hay delfines!

¡delfines! ¡hay delfines!

Nos sentamos en la cubierta a disfrutar de los delfines saltar frente a nosotros.

Nos sentamos en la cubierta a disfrutar de los delfines saltar frente a nosotros.

Las primeras islas del archipiélago de San Blas comienzan a verse en el horizonte. Sus palmeras se perfilan con el cielo y su arena brilla con el sol que cae completamente cenital. El color del agua es azul oscuro debido a los más de 60 metros de profundidad que aun tenemos bajo nuestros pies, pero cuando la panza del barco golpea la superficie del mar se distingue en el agua que salta los matices de un color celeste oscuro atravesados por la luz del sol. Junto a las islas, donde el color se convierte en algo completamente mágico, los corales se dejan ver a 20 metros de profundidad en un agua cristalina de un color turquesa.

Los Guna Yala navegan sobre canoas talladas de una sola pieza de arbol y con dos velas.

Los Guna Yala navegan sobre canoas talladas de una sola pieza de arbol y con dos velas.

Nuestra isla para hoy es esta.

Nuestra isla para hoy es esta.

Poco a poco vamos sorteando las rocas y arrecifes para ir navegando entre las 365 islas que componen este archipiélago paradisiaco. Solo 80 de ellas están habitadas por los indígenas que viven en esta parte del planeta desde hace muchos cientos de años atrás, los Guna. (En muchos lugares lo veréis escrito como Kuna, pero como en su lengua no se pronuncia la “k” se ha derivado a Guna, a pesar de que se siga pronunciando como kuna.)

Las embarcaciones de los Guna Yala son canoas talladas en madera de una sola pieza e impulsadas por una vela.

Las embarcaciones de los Guna Yala son canoas talladas en madera de una sola pieza e impulsadas por una vela.

Los niños siempre son los primeros en darme la bienvenida.

Los niños siempre son los primeros en darme la bienvenida.

Yanet tiene 4 años y vive en una de las islas habitadas de San Blas.

Yanet tiene 4 años y vive en una de las islas habitadas de San Blas.

Los niños siempre son los primeros en darme la bienvenida.

Los niños siempre son los primeros en darme la bienvenida.

Por fin se escucha el sonido del ancla golpear el agua, y en cuestión de segundos ya estamos saltando al mar. Nadamos hasta una isla desierta que esta a unos 200 metros. El mar ha ido depositando gran cantidad de plásticos en su costa, pero no hay mal que por bien no venga, cogemos unas sandalias de cada pie que encontramos por ahí y ya podemos caminar tranquilos por sus rocas. Inmensas caracolas pueden encontrarse por todos los rincones, cocos, fosiles de coral… dar la vuelta completa a la isla no me lleva más de 10 minutos paseando.

Una vez que el ancla se agarra al fondo ya podemos saltar al agua

Una vez que el ancla se agarra al fondo ya podemos saltar al agua

Hemos echado el ancla, es tiempo de baño.

Hemos echado el ancla, es tiempo de baño.

El agua es tan transparente que dan ganas de beberla

El agua es tan transparente que dan ganas de beberla

Una caracola fosilizada a las rocas

Una caracola fosilizada a las rocas

Esta será nuestra isla para hoy. San Blas.

Esta será nuestra isla para hoy. San Blas.

Mientras abro un coco con mi navaja en la cubierta del Windquest, Glenn comienza a hablar de repente… “Mirar a vuestro alrededor, hay personas que gastan toda su vida trabajando estresados en una oficina para poder disfrutar de un momento asi 15 días al año. Yo me di cuenta tarde de que la vida se puede vivir de un modo diferente, de que se puede disfrutar, y os miro a vosotros, jóvenes que sabeis sonreírle a la vida, y soy feliz de estar aquí con vosotros y compartirlo…” nos miramos entre nosotros con una sonrisa pero sin saber que decir, mientras Glenn en silencio se levanta, se acerca a la orilla de la cubierta y sin dudar un instante salta al agua. Explotamos en aplausos, risas y alabanzas por el momento que acabábamos de vivir, una lección de vida que salió de su corazón de un modo espontaneo, lo sintió desde lo más profundo y lo compartimos con él saltando al agua del caribe frente a una isla desierta que en ese mismo instante nos pertenecía.

"Hay personas que gastan toda su vida trabajando estresados en una oficina para poder disfrutar de 15 dias aqui, donde estais vosotros ahora, yo me di cuenta tarde de que la vida es diferente y se puede vivir como tu quieres, pero soy feliz de estar aqui ahora, con jovenes como vosotros que le sonrien a la vida..." Estas palabras las dijo Glenn, nuestro capitan de 57 años, antes de tirarse al agua desde su velero de un salto. A continuacion saltamos todos los que estabamos a bordo. Islas de San Blas, Kuna Yala, Panama.

Islas de San Blas, Kuna Yala, Panama.

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Desierto del viento, tierra de wayuus y sol.

Me encuentro en la Guajira, una gran península desierta al norte de Colombia que colinda al este con Venezuela. La etnia Wayuu habita estas tierras dominadas por el viento y la arena desde hace cientos de años. El agua dulce es prácticamente inexistente y el horizonte se pierde en el infinito tras un cielo siempre azul.

Me he propuesto llegar al Cabo de la vela, un pequeño pueblo a orillas del mar caribe que vive del poco turismo que lo visita. Para llegar se debe atravesar un basto desierto dominado por fuertes rachas de viento.

Tomo la decisión de llegar costeando por donde en mi mapa salen algunos pueblos y regresar por una carretera de tierra que atraviesa en línea recta la planicie y que es la vía común para los coches. 80 km me separan de mi pequeño paraíso.

Leticia pertenece a la etnia Wayuu, y mientras teje una mochila espera a algun coche que la lleve al Pilón de Azucar para vender sus artesanias.

Leticia pertenece a la etnia Wayuu. Su cara esta pintada con un hongo que la protege del sol.

En el pueblo de Manaure me abastezco de comida como para tres días, pensando asi en no comprar nada en el Cabo de la Vela donde será más caro. Llevo 5 litros de agua repartidos en botellas, me han dicho que el agua escasea pero que podre conseguir en algunos de los pueblos del camino y no quiero cargar mas la bicicleta.

El camino por donde abandono el pueblo es pequeño, con muchas variantes que me hacen despistar fácilmente. A ratos la arena es tanta que no soy capaz ni de empujar mi bicicleta y la levanto todo lo que puedo para tratar de avanzar… a las dos horas había avanzado menos de 10km, me doy cuenta de que no voy a llegar hoy al Cabo, quizá tampoco mañana. Por un momento pienso en regresar, me quedan 70km para llegar y ya me he bebido la mitad del agua. El sol cae a plomo sobre mi sombrero, la arena quema mucho, y las ruedas se reblandecen… pincho, parcheo y al cabo de un rato otro parche se vuelve a derretir… desmonto la rueda, como arena que el viento levanta contra mi, arreglo el pinchazo poniendo mi oído para escuchar la salida de aire y sigo optimista algunos metros.

Intento buscar el camino que menos arena tiene, pero se convierte en un laberinto.

Intento buscar el camino que menos arena tiene, pero se convierte en un laberinto.

Solo me he encontrado dos personas en el camino y tan solo me han pedido dinero en un castellano que se entendia menos que los gestos que me hacían con la mano. A decir verdad estoy un poco asustado, el lugar es increíble pero me ha pillado por sorpresa, atravieso un desierto enorme del cual no conozco nada, mi única guía es el mar que por fin he vuelto a encontrar, pero apenas tengo agua y sin agua no hay comida para cocinar.

Al fondo veo unos tejados, debe de ser un pueblo asi que me acerco para poder descansar allí y con suerte conseguir algo de agua. Solo un hombre vive aquí, Benito. Su oficio de buzo le ha ido dejando medio sordo por lo que en contraste con el silencio que nos rodea, hablamos a gritos. La iglesia abandonada, barcos hundidos en la arena golpeados por las olas, viejas redes de pesca… es un paisaje bello pero desolador, aun se respira la energía que un dia hubo aquí.

Benito vive solo en el pueblo de Auyama.

Benito vive solo en el pueblo de Auyama.

Playa de Auyama donde los barcos estropeados o abandonados se dejan morir sobre la arena.

Playa de Auyama donde los barcos estropeados o abandonados se dejan morir sobre la arena.

Detalle en un rincón de la playa.

Detalle en un rincón de la playa.

En seguida me doy cuenta de que en esta parte del planeta lo que ofrezcas te lo van a aceptar, no hay de nada asi que todo es bienvenido. De este modo soy yo el que saco mi comida de las alforjas para compartir con Benito. Él, como todo el mundo en mi viaje, alucina con la cocina que transporto, se queda anonadado mirándola como quien mira una hoguera, y a gritos me pregunta todo lo que se le ocurre… que bien me vendría para ir a pescar en el barco y hacerme un tinto me dice… me despisto un momento y me pide hasta la bici!

Y es que realmente aquí no hay nada, es una tierra que no se puede cultivar, tan solo las cabras resisten esta austeridad y tienen una dependencia absoluta del mar y del pueblo mas cercano, Uribia o Manaure.

Sumerjo la cabeza en el mar con el sol desapareciendo tras el horizonte y me tumbo en la hamaca. Saboreo la sal en mis labios y la brisa de la tarde, sonrío. Me doy cuenta de donde estoy, feliz, de haber seguido adelante y no haberme rendido. Cierro los ojos y duermo… me despierto a media noche con la luna creando sombras en los relieves del desierto, la estrellas que sobreviven a su intensidad lucen brillantes como siempre. Quiero quedarme con los ojos abiertos pero cuando los vuelvo a abrir el sol ya esta asomando delante de mi… la hamaca de balancea con el vaivén del viento y me siento más vivo que nunca, – buenos días- me digo a mi mismo.

Una de las artesanias de los wayuus son la fabricación de sandalias que adaptan al mundo occidental a su modo.

Una de las artesanias de los wayuus son la fabricación de sandalias que adaptan al mundo occidental a su modo.

Tengo esperanzas de poder llegar hoy al Cabo de la Vela y salgo con una sonrisa pedaleando por el camino de arena que me lleva a lo largo de la costa hacia el norte, a ratos la tierra es dura, otros la arena me hace empujar y levantar la bicicleta con todas mis fuerzas. Pincho, una y otra vez hasta que finalmente me quedo sin parches ni pegamento… estoy en mitad de la nada y no se me ocurre como arregalar la rueda… sigo adelante con la rueda trasera pinchada, voy despacio pero mas rápido que caminando y recorro los 10km que me llevan a casa de un señor en menos de dos horas… aquí casi todos se mueven en bici de casa en casa asi que todos tienes parches.

Sexto pinchazo del día y ya no me quedan parches ni pegamento.

Sexto pinchazo del día y ya no me quedan parches ni pegamento.

Finalmente el sol se esta apagando en el mar y aun sigo pedaleando…al fondo, sobre el horizonte veo unas antenas que imagino pertenecen a el Cabo de la Vela pero no me da tiempo a llegar con luz y no me gusta llegar de noche a los sitios en bici asi que en una casa que veo al borde del mar paro a descansar. Me dejan taparme con su casa del fuerte viento que sopla hacia el mar y allí, en la orilla del mar caribe me tumbo sobre la arena mirando las estrellas, solo se escuchan las pequeñas olas romper contra la orilla y en cuestión de segundos estoy soñando…

Atardece en la Guajira, sobre el mar Caribe.

Atardece en la Guajira, sobre el mar Caribe.

Me despierto a las 5:15, justo antes de la salida del sol…Alex, la persona que me dejo el lugar para dormir, esta empujando el barco hacia el mar con dos personas más. Yo les miro desde la orilla, junto al silencio de la mañana, y justo cuando me ve y levanta su brazo para despedirse el sol ilumina su rostro que veo lucir con una sonrisa. No grita ni dice nada, pero su dedo pulgar en alto me esta diciendo – ¡buen viaje amigo!

Llego al cabo de la Vela con las primeras luces del día. Los comerciantes tiran cubos de agua de mar en el suelo para evitar que durante el dia se levante la arena con el viento, otros la barren con rastrillos. A mi paso todos se voltean a mirarme, y asombrados me levantan una mano o la cabeza a modo de saludo. Socorro esta barriendo su terraza y me siento con ella ha hablar un rato, ella pone el agua dulce, yo el café y compartimos un tinto.

Jugar con la pelota en la playa siempre termina con un bañoen el mar al final del día.

Jugar con la pelota en la playa siempre termina con un baño en el mar al final del día.

Mi casa en el Cabo de la Vela. No necesito más.

Mi casa en el Cabo de la Vela. No necesito más.

 

Puedes ver un pequeño VIDEO de esta aventura por la Guajira pinchando aqui 

 

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